Juliette
El dinero de Nolan Bawers compró algo más que un traje de chaqueta color marfil y unos tacones de aguja que resonaban con autoridad contra el mármol. Compró mi armadura.
Llegué a su edificio a las ocho de la mañana, sintiendo las miradas de curiosidad de los empleados. Ellos ya sabían quién era. El rumor de que la ex del mayor rival de su jefe había cruzado la línea enemiga se había extendido rápido.
Subí al piso cuarenta.
—Tu oficina —anunció Nolan, apareciendo detrás de mí.
Me giré hacia él. Llevaba una camisa azul remangada y esa sonrisa de depredador que empezaba a ponerme nerviosa.
Señaló una puerta de cristal con mi nombre en letras plateadas y entré.
Era obscenamente lujosa. Vistas a la ciudad, muebles de diseñador, un ordenador de última generación. Nada de mesas pequeñas ni sillas de plástico. Era el doble de grande que el cubículo donde Seth me había castigado.
—Es demasiado —dije, dejando mi bolso en el escritorio inmaculado.
—Es lo justo —corrigió Nolan, apoyándos