Juliette
Desperté con una sonrisa.
Era la primera vez en cinco años que despertaba sintiéndome ligera, sin el peso del mundo en mis hombros. La cama era cálida, las sábanas olían a él, y la luz del sol de la mañana entraba suavemente por los ventanales.
Estiré la mano hacia el lado derecho de la cama, buscando el cuerpo sólido de Seth.
Estaba vacío. Y frío.
Me incorporé, frotándome los ojos.
—¿Seth?
No hubo respuesta. Pero el silencio del penthouse no era el silencio tranquilo de la noche anterior. Era un silencio denso, cargado de estática, como el aire segundos antes de que caiga un rayo.
Me levanté, me puse la bata de seda y caminé descalza hacia la sala principal.
Lo encontré de pie frente al inmenso ventanal que daba a la ciudad.
Ya no llevaba la ropa cómoda de casa. Llevaba su armadura. Traje negro, camisa blanca inmaculada, zapatos brillantes. Estaba de espaldas a mí, rígido como una estatua de granito, mirando hacia abajo, hacia la calle.
—Buenos días —di