Juliette
El café estaba ardiendo, quemándome las yemas de los dedos a través del cartón del vaso, pero no solté una sola queja.
Entré en la oficina pero Seth ni siquiera levantó la vista de los documentos que estaba revisando. Seguía sentado en su trono de cuero, irradiando esa autoridad oscura que hacía que el aire de la habitación se sintiera más denso.
Caminé hasta su escritorio y dejé el café sobre la superficie con un golpe seco.
—Negro. Sin azúcar.
Seth detuvo su pluma en el aire. Alzó la vista lentamente, sus ojos negros encontrándose con los míos. No me dió las gracias. Simplemente tomó el vaso, dió un sorbo probándolo y luego hizo una mueca casi imperceptible.
—Está tibio —dijo, dejándolo a un lado con desdén—. La próxima vez, corre más rápido.
Apreté la mandíbula hasta que me dolieron los dientes.
—La próxima vez, cómprate una cafetera para la oficina si lo quieres hirviendo —repliqué con una sonrisa falsa—. ¿Algo más, jefe? ¿O puedo ir a mi rincón de castigo?
Los ojos de Se