Juliette
—¿Y qué quieres hacerme, Seth?
Mi desafío quedó flotando en el aire denso de la oficina.
Seth se quedó inmóvil. Sus ojos negros bajaron a mi boca, devorándola. Por un segundo, sentí el calor de su cuerpo irradiando hacia el mío, esa promesa de violencia y placer. Mi corazón golpeaba contra mis costillas, suplicando que rompiera la distancia.
Pero entonces, parpadeó. El hielo volvió. Y se apartó bruscamente.
—Vuelve a tu sitio —ordenó, con voz fría y metálica—. Y termina el informe.
La decepción fue un golpe físico en el estómago. Me sentí estúpida por haber deseado su beso, por haber creído que la tensión entre ambos ganaría a su rencor.
—Como digas, jefe —repliqué, inyectando todo el veneno posible en mi tono para ocultar que me ardía la piel.
Volví a mi escritorio y me senté, pero era incapaz de concentrarme. Lo miraba de reojo. Se había remangado la camisa, dejando ver sus antebrazos fuertes. Verlo trabajar era una tortura. Lo odiaba, pero mi cuerpo lo reconocía como suyo.