—¡Karla, no permitiré que le hagas daño a mi amigo!
El grito que escapó de Aledis interrumpió el sermón de Elián sobre muchachotes, y lo atractivo que le había parecido Hugo. Incluso los trabajadores que permanecían absorto en sus labores de costura, alzaron el rostro para observar la escena.
—¡Nunca le haría daño!, ¿acaso no me escuchaste? Me enamoré de él. Hugo es solo un error de mi vida, uno que me va a dar lo único bueno que me pertenece, mi hijo.
—Perra, no seas tan dramática. Deja que te