El alba aún no se atrevía a romper del todo la oscuridad, y un velo grisáceo cubría los pasillos de piedra de la Casa del Alfa, como si el mismo amanecer se negara a presenciar lo que esa familia había hecho. Gael caminaba con paso apurado, con los puños cerrados a los costados del cuerpo, y el rostro endurecido por una mezcla de culpa, rabia y algo más profundo que apenas podía nombrar.
No había dormido,ni siquiera había cerrado los ojos desde que, la noche anterior, escuchó tras una puerta e