RAPHAEL
Cuando veo a Sara, siento como si se me fuera el aire. Está tendida en el suelo, desangrándose. Parpadeo ante la única lágrima que se me escapa. No puedo ser débil por ella.
Corro a su lado y le levanto la cara. —Dios mío, Sara.
Parpadea una y dos veces antes de mirarme a la cara. No sé si me reconoce. —Te sacaré de aquí, pero primero tenemos que hacer algo con esa herida—, le digo.
Sara me mira y de repente se agita contra mi brazo. —Suéltame.
La agarro y la sacudo. —Sara, soy yo.
Sigu