—¡Vale, para! — Digo sin aliento cuando llegamos a casa y a nuestro dormitorio. Le quito la mano de encima y me agacho apoyando las palmas en las rodillas.
Trago saliva intentando coger aire antes de encararme a él. —Dímelo—, le digo desesperada. —No puede ser peor de lo que ya sé.
Raphael parpadea para apartar una lágrima.
—Sara—, dice como tanteando el terreno. —Hay cámaras en casa de tus padres.
Le miro confusa. —¿Cámaras?
—Las vi cuando entramos. Dos junto a la puerta principal, una en