Me levanto de la cama del hotel como si fuera una resurrección necesaria, pero dolorosa. El cuerpo me duele por el sexo crudo de la noche, una violencia emocional disfrazada de placer. La mente está afilada, pero el alma se siente en carne viva. Ryan duerme a mi lado, su respiración suave y rítmica. Su mano libre descansa sobre la almohada vacía donde, hace solo unas horas, estaba mi cabeza, buscando un ancla.
Lo miro. Es la bondad personificada, el refugio seguro, la promesa de una vida sin tor