34. Déjame entrar
La luz tenue de las luces la sala se filtraba contrarrestaban las largas sombra en la habitación. Mientras me agachaba para tomar una servilleta y limpiar la sangre de Derek, sentí que mi corazón latía con fuerza. Observar su figura lastimada, recostada en el sofá, generó en mí una combinación de temor y angustia indescriptibles.
—Derek, deberías ir al hospital —hablaba con voz entrecortada, tratando de mantener la calma mientras mis manos temblorosas presionaban la servilleta contra su herida