Las lágrimas corrían por mis mejillas, calientes, saladas. El corazón latiéndome a una velocidad abismal.
Sabía lo que me estaba jugando el día en que decidí buscar justicia para mi padre. Perdí a mi hermana, mi apellido, mi estabilidad y la vida como la conocía. Y aún así, decidí arriesgarme siendo consciente que podía perder lo único que me quedaba: mi vida. Pero pensé que no me importaba, que estaba lista para afrontar la muerte si era por mi familia. Sin embargo, en estos momentos, con el