Tiró de mí muñeca con fuerza, sacándome del salón. Me costó mantener el paso, las piernas me temblaban, los tobillos se me doblaban solos. Un peso invisible en mi espalda me arrastraba detrás, suplicándome que no lo siguiera. Pero no podía hacer mucho comparado a su fuerza.
Los guardias que antes lo acompañaron al salón, se encontraban junto a las escaleras, sus espaldas pegadas a la pared, sus ojos fijos en nosotros. En mí.
Ellos lo sabían. Sabían lo que había hecho.
Al pasar a su lado, podía