Mi corazón latía a un ritmo acelerado, descontrolado. Y él debía escucharlo, porque su mano masajeaba de manera descarada mi seno.
En algún punto, entre sus toqueteos, mis bragas terminaron en el suelo, al igual que su ropa, quedando en boxer.
Su torso bien definido era la encarnación del pecado. No había parte de su cuerpo que no estuviera trabajada bajo un duro entrenamiento. Era un muro de acero cubierto de cicatrices viejas, que en lugar de restarle atractivo, le sumaba.
Esa debilidad