Al llegar al edificio, un hombre desconocido estaba parado junto a mi puerta. Ropa negra, gorra, brazos cruzados.
Un escalofrío recorrió mi espina, sintiendo el peligro cruzar mi cuerpo.
Mi mano se metió dentro del bolso, buscando las llaves a tiendas, con el corazón latiéndome a un ritmo desbocado. Era lo único filoso que tenía encima y si era necesario lo usaría para defenderme.
Cuando sentí el metal contra mis dedos, no dudé en tomarlo con firmeza, lista para atacar.
Los ojos distraídos de