Mantuvo mi mano rodeada por la suya, como si temiera que fuera a correr en la dirección contraria, escalar el portón, huir.
La lluvia me hacía temblar de regreso a la mansión, calando mis huesos. Lo miré mientras atravesábamos el jardín. Su cabello rubio oscuro se tornó de un color cobrizo, los mechones pegándose a su frente. Su gesto severo se había suavizado. Su traje, tan elegante y costoso, estaba empapado y con manchas de tierra por mi culpa.
En su otra mano, llevaba mi bolso de fuga, co