Ya tenía la cabeza hecha un charco de preocupación, de molestia y de frustración. La visita de Silvia empeoró todo. O eso creí… hasta que lo peor llegó después. Para ser exactos, veintisiete minutos después.
Cipriano entró con pasos firmes, el rostro endurecido, los ojos clavados en mí como si intentara leer algo que no quería mostrar. Cerró la puerta tras de sí. No corrió el cerrojo, pero el gesto fue igual de definitivo.
Mi corazón latió con prisa al verlo, pero al recordar el degradante mom