Por suerte, conseguí que me hiciera caso.
Arrastré mi cuerpo por los pasillos como si tuviera atada a los tobillos una tonelada de cemento. Me quise agarrar de las paredes, pero mi orgullo no me lo permitía. Iba al lado de ese hombre que parecía tan fresco como una lechuga mientras yo luchaba para que mis piernas no cedieran.
Sentía todo mi cuerpo caliente por el esfuerzo, mi rostro rojo por la cantidad de sangre que viajaba rápidamente. Mis pulmones ardían.
Llegamos al comedor y para mi