Al llegar a casa, su esposo aún no estaba en casa, se sentó un momento en su sala y se quitó sus zapatos de tacón, le dolían sus pies, ese día se sentía cansada.
Recostó la cabeza en el mueble y estaba entrando en un sopor divino, cuando escuchó la voz de Merritt, sacándola así de su trance de sueño.
— ¡Hola querida! Cuéntame; ¿cómo te fue?— preguntó su marido.
Ella suspiró y enderezó su cuerpo al mismo tiempo que decía:
— ¡Excelente! Mejor imposible, el lunes nos reuniremos para la firma.
Los