Capítulo 31.

El silencio pesaba en el aire.

No era incómodo, solo denso… como si las palabras que acababa de pronunciar aún flotaran sobre nuestras cabezas, sin decidir si caerían o si se esfumarían en el aire.

Selene, Brigitte, Nora y Elena no dijeron nada durante un buen rato. Ni siquiera se movieron. Podía oír el sonido tenue de la respiración de mi hija, y el golpeteo lejano del agua en las tuberías, pero nadie en la habitación pareció querer romper el silencio.

Me habían esperado despiertas y preocupadas porque, y cito, "ningún macho que quiera diversión viene con cara de caminar hacia un funeral". Así que les conté lo que pasó.

—¿Saben quiénes son? —pregunté finalmente. Mi voz sonó más baja de lo que pretendía, casi un susurro.

Selene levantó la vista. Su expresión era seria, pero no sorprendida.

—Sí —dijo simplemente—. Todos aquí sabemos quiénes son.

—Pero no todas los hemos visto —agregó Nora desde su cama, sin moverse—. Y eso es… buena señal. Quiero decir, si no los ves... Es buena señal.

Brigitte fue la primera en hablar con algo de detalle. Su voz siempre tenía ese tono frío, como si hablara de cosas que había decidido aceptar sin permitir que le dolieran.

—El del cabello gris es Daren. Es el que se encarga de la “distribución” —hizo el gesto con los dedos, como si la palabra le diera asco—. Es quien hace tratos con los humanos. Les vende los bersakers entrenados, o al menos los que sobreviven lo suficiente como para ser útiles.

Recordé su rostro.

Distribución.

Mercancía.

Nosotras éramos eso para él.

—El moreno… se llama Vark —continuó Elena, con la mirada clavada en sus manos—. Es el científico. O eso dicen. Fue quien inventó la fórmula que los vuelve lo que son. Bersakers. Supervisa todos los laboratorios, incluso los que están en los otros campamentos.

Genial. El monstruo que jugaba a ser dios con la sangre de los demás.

—Y el más joven… —Selene suspiró antes de continuar—. Se llama Ilmar. Le dicen el Buscador. Es quien se encarga de traer nuevos ejemplares. Revisa cada grupo, cada aldea que cae, cada guerra que ellos mismos provocan. Tiene olfato para “encontrar rarezas”, dice.

Me miró con una expresión que no supe descifrar.

—Supongo que por eso estás aquí.

No dije nada.

Las tres figuras se mezclaban en mi mente: el distribuidor, el creador y el cazador.

Un círculo perfecto del infierno.

Elena fue quien rompió el silencio esta vez.

—Lo mejor que puedes hacer… es tenerlos felices.

La miré, sin comprender.

Ella desvió la vista hacia la pared.

—Su último objeto de diversión desapareció cuando se negó a seguir órdenes.

Fruncí el ceño.

—¿Desapareció?

—Sí —murmuró Nora—. Un oso. Dicen que era el mejor peleador que haya tenido este lugar. Nadie podía con él. Pero un día, simplemente… se negó. Y ya no volvió a salir a la arena.

Brigitte levantó la cabeza, con los ojos entornados.

—No importa qué tan fuerte seas aquí. No importa qué tan rara sea tu raza, Reinelle. Nadie es indispensable.

Las palabras cayeron sobre mí con el peso de una sentencia.

Durante todo el día siguiente, no pude quitármelas de la cabeza.

Intenté concentrarme en mis tareas, en el llanto de Edelle, en las voces de las demás… pero mi mente no dejaba de dar vueltas en torno a lo mismo.

Tres veces por semana.

Una semana a la vez decidirían sobre mi hija.

Y el fantasma de un oso que había sido borrado por negarse a complacer.

El hambre era una sombra constante. Gastaba un montón de calorías limpiando, luchando y sanando, así que no era de extrañar que estuviera famélica. Apenas nos daban de comer, y cuando lo hacían, era lo que sobraba de los comedores de los machos. Mi cuerpo dolía, mis músculos temblaban incluso cuando estaba quieta. No estaba segura de sobrevivir a semejante ritmo, y mucho menos de hacerlo sin perder la cordura.

“Que Gaia se compadezca de mi alma”, murmuré en voz baja mientras cambiaba las vendas de mis brazos.

No estaba segura de si aún escuchaba mis plegarias.

---

La noche llegó demasiado pronto.

Seguí lo que comenzaba a volverse rutina: una loba venía a buscarme, me llevaba al baño común, me hacía lavar el cuerpo, entraba en agua caliente y después me rociaban con aceites que olían a flores muertas.

Cuando terminé, me vistieron con una túnica limpia y me condujeron a la habitación de Markos.

Él estaba allí, de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados.

La luna se colaba entre las cortinas, iluminando la leve cicatriz que le cruzaba el cuello. No se volvió hacia mí, pero su voz llenó el cuarto como un gruñido contenido.

—Lo de la bandeja es para ti.

Ni siquiera pregunté qué era.

El olor a carne me golpeó con fuerza, y todo lo demás desapareció.

Me acerqué y devoré lo que había sobre la bandeja sin pensar, sin respirar, sin importar si estaba fría o vieja. Mis manos temblaban. Sentía cómo el cuerpo se me encendía con cada bocado, como si por fin recordara que aún podía sentir algo parecido a vida.

Markos no dijo nada durante todo ese tiempo.

Solo escuchaba el sonido de mis dientes rompiendo la carne, el ruido húmedo de mi hambre.

Cuando terminé, me limpié la boca con el dorso de la mano y lo miré.

Él seguía de espaldas, mirando hacia la ventana.

—¿Por qué? —pregunté finalmente.

—Porque no sirves de nada muerta de hambre —respondió, sin volverse.

Su tono no fue amable, pero tampoco cruel. Era… práctico.

Como si se tratara de una herramienta más.

Me quedé en silencio.

Quise decirle que no necesitaba su compasión. Pero no salieron palabras.

Él suspiró y se giró por fin. Su mirada me recorrió, deteniéndose en las heridas más recientes, luego en mis brazos vendados.

—Descansa. Mañana te necesitarán con fuerzas.

Él ya se estaba acercando a su cama, pero se detuvo en cuanto hablé.

—Las hembras hablan de un oso desaparecido después de negarse a ser parte del espectáculo. ¿Lo mataron? —pregunté de pronto.

Por primera vez, Markos pareció perplejo.

—No lo menciones aquí —dijo.

—¿Por qué?

—Porque no está muerto —respondió al fin, y sus ojos brillaron un instante—. Pero sería mejor que nadie lo recordara.

No entendí del todo qué quiso decir con eso, y no tuve fuerzas para seguir preguntando.

Solo asentí.

Me recosté en la cama que él había preparado para mí, más limpia que la mía, más cálida también.

Solo desearía poder compartir mi calor con Edelle... Y no con mi enemigo. Porque, seamos honestos, Markos era uno de ellos, así que no debía cometer el error de pensar lo contrario solo porque me alimentaba... Y no me tocaba.

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