Mundo ficciónIniciar sesiónMarkos no dijo nada en todo el camino.
El sonido de sus pasos era lo único que me mantenía consciente porque estaba muerta de cansancio. Cada zancada suya resonaba con autoridad, con esa calma que solo tienen los que están acostumbrados a obedecer y a mandar por igual. Yo, en cambio, apenas podía mantener el ritmo. Edelle dormía en la habitación, al cuidado de Selene, y solo por eso no había intentado resistirme. No podía arriesgarme a que la tocaran.
Markos era el tipo de lobo impredecible que podría usar a mi bebé en mi contra a pesar de que dijo que haría todo lo posible porque yo la mantuviera.
El pasillo estaba en silencio, y el aire olía a metal y humedad.
Me llevó a través del resto del Coliseo. Conforme nos acercábamos a la arena yo me tensé.
M****a, aún no estaba del todo recuperada de la última noche.
Sin embargo, él me guío a un pasillo nuevo, uno que estaba cerca de la arena.
—Muévete —gruñó Markos cuando nos detuvo frente a una puerta doble, de madera vieja pero con los bordes reforzados en hierro.
Obedecí.
La habitación a la que entramos era demasiado limpia. Demasiado blanca.
El contraste me golpeó. Una mesa larga, tres copas con un líquido oscuro que no era vino, y detrás de ellas, tres hombres observándome como si fuera una presa recién capturada.
El del centro era el más alto; su cabello grisáceo peinado hacia atrás y los ojos pálidos como el hielo. Tenía la sonrisa de alguien que había olvidado lo que era la compasión. A su derecha, un macho más joven jugueteaba con un anillo dorado mientras me recorría con la mirada de arriba abajo. El tercero, de piel morena y mandíbula fuerte, se inclinaba en su asiento con una calma enfermiza, como si ya hubiera decidido mi destino antes de que yo abriera la boca.
—Así que tú eres la osa —dijo el del centro. Su voz era tan suave que dolía escucharla.
Me mantuve callada. No sabía si querían una confirmación de lo obvio.
—Es impresionante lo que hiciste en la arena —continuó el más joven, el del anillo—. Los espectadores disfrutaron cada segundo. Tu furia, tus movimientos, tu piel bajo la luz… —sonrió, mostrando los dientes—. Una mezcla exquisita.
No respondí.
—Desnúdate —ordenó el de la izquierda sin levantar la voz.
No fue una sugerencia. Markos no se movió, pero sentí su mirada fija en el suelo, como si ni siquiera él quisiera presenciar lo que seguía.
Durante unos segundos, me quedé quieta. No por vergüenza, sino por rabia.
Podía sentirla crecer dentro de mí, burbujeando bajo la piel como lava a punto de romper la roca. Pero no me servía de nada ahora. No aquí.
Así que me tragué este burbujeo salvaje.
Me quité la ropa con la lentitud de quien camina hacia su propia ejecución.
La tela cayó al suelo sin ruido, y el aire frío me recorrió la piel.
—Da una vuelta —dijo el del anillo, disfrutando del poder en su voz.
Lo hice. Un paso. Luego otro.
Los tres observaban con ese tipo de atención que uno solo usa cuando cree que algo le pertenece.
—Tiene cicatrices —comentó el más viejo, frunciendo el ceño—. No podemos permitir que las luces del coliseo resalten eso.
—Ya tengo a alguien que puede arreglarlo —dijo el moreno, bebiendo un sorbo de su copa—. Hace maravillas con la piel. Magia, dicen algunos. Debería dejarla perfecta para las próximas funciones.
Me obligué a mantener la cabeza erguida.
Estreché mis ojos.
El del centro sonrió con satisfacción, como si esperara mi voz solo para aplastarla.
—Oh, sí. La audiencia te ama, osa. No lo esperábamos, pero tu presentación fue un éxito. Repetiremos el espectáculo tres veces por semana. Quizás más, si la demanda sigue así.
Tragué saliva.
Tres veces por semana.
Eso significaba tres veces sangrar. Tres veces matar o ser cazada.
—Pero procura no matar a tus oponentes —añadió el joven, girando el anillo en su dedo—. Son costosos. Si te deshaces de todos, ¿Con quién jugarás luego?
El moreno se inclinó hacia adelante, dejando la copa sobre la mesa.
—Si haces tu parte… si sonríes, si luchas bien, si mantienes contenta a la multitud… —sus ojos se entornaron—, puedo asegurarme de que tu hija permanezca contigo una semana a la vez.
Mis uñas se clavaron en mis palmas.
—No la toquen —gruñí sin poderlo evitar.
El del centro sonrió, complacido.
—Eso depende de ti.
No recuerdo haber sentido tanta repulsión en mi vida.
No por lo que decían. No por las amenazas, ni por los juegos. Sino por el hecho de que hablaban de mi hija como si fuera una moneda de cambio.
—Puedes vestirte —dijo al fin el viejo, con un gesto de indiferencia.
Lo hice en silencio.
Nadie habló mientras me cubría de nuevo, aunque el joven murmuró algo sobre lo “hermoso” que sería ver mis heridas desaparecer y lo bella que era.
Luego brindaron.
Por mí.
Por el espectáculo.
Por la “inversión”.
El sonido de las copas chocando fue tan violento como un golpe.
—Que use la bañera antes de cada función. Necesitamos que todos la codicien.
Todos asintieron con aprobación y me dejaron vestirme.
—Llévatela, Markos —ordenó el del centro.
El Alfa asintió. Su rostro seguía tan impenetrable como siempre, pero en su mandíbula había algo tenso, como si no aprobara lo que había escuchado… aunque tampoco tuviera intención de detenerlo.
Salimos de la habitación sin decir palabra.
El pasillo ahora me parecía más oscuro, más largo, más frío.
Cada paso era una tortura. No por el cansancio, sino por la sensación de suciedad que me cubría.
El aire, el suelo, incluso mi piel me parecían ajenos.
Cuando llegamos a la puerta de mi habitación, Markos se detuvo.
Apretó los labios y murmuró:
—Haz lo que debas para sobrevivir. Mañana serás llevada a mi habitación.
Y se fue.
Cerré la puerta detrás de mí, conteniendo la respiración.
Selene dormía, y Edelle descansaba a su lado, envuelta su manta raída.
Me acerqué y me arrodillé junto a la cama.
Mis manos temblaban.
—Una semana a la vez —susurré, acariciando la mejilla de mi hija.
Era la promesa más cruel que había escuchado. Pero era lo único que tenía.
Y lo peor de todo era que ya sabía que cumpliría.
Por ella.
Por su pequeño pecho subiendo y bajando, por la tibieza de su piel, por cada respiro que me recordaba que seguía viva.
Podían romperme. Podían exhibirme. Podían hacerme sangrar ante una multitud que gritaba mi especie sin saber quién era.
Pero nunca me quitarían a mi cachorra.
Nunca.







