Capítulo 32.

El silencio era pesado.

Uno de esos que se quedan pegados en la piel, que no se rompen ni con el sonido del viento afuera.

Yo ya estaba medio dormida, acurrucada de lado, cuando escuché su voz.

—Mañana te mandarán a llamar.

Abrí los ojos sin moverme.

Markos seguía de pie junto a la ventana, igual que antes. Solo su silueta recortada por la luz de la luna.

—¿Qué? —murmuré, apenas audible.

—Los líderes. Quieren verte —su tono era plano, casi aburrido—. Te harán bañar, luego la experta en belleza te difuminará las cicatrices. Y después te presentarán ante ellos.

Me giré lentamente hacia él.

—¿Y para qué demonios me dices eso? —le solté, sin pensar.

No me miró enseguida.

—Para prevenirte —dijo al fin—. No querrás ofenderlos con tus modales.

Solté una carcajada seca.

—¿Prevenirme? Qué amable. No sabía que te importara si los “ofendo”.

Se giró un poco, lo suficiente para que la luz le marcara la mandíbula.

—Solo intento que no termines muerta y tu cachorra huérfana.

Resoplé.

—Oh, claro. Qué noble. No entiendo por qué te molestas, Markos. No somos amigos. Ni siquiera nos conocemos. Así que puedes ahorrarte tu acto de bondad y decirme qué es lo que en realidad buscas con tus frases cortas.

Él no respondió.

Yo seguí.

No sé por qué. Tal vez estaba cansada, tal vez harta.

—En serio, deja de fingir que te importa. Haz tu trabajo, vigílame, entrégame, no sé, pero no...

No llegué a terminar.

En el siguiente segundo, el aire me abandonó los pulmones.

Markos estaba encima de mí, su peso clavándome contra el colchón. Mis muñecas quedaron atrapadas sobre mi cabeza antes de que siquiera pudiera procesar el movimiento.

El rugido de mi sangre llenó mis oídos.

Su rostro estaba peligrosamente cerca del mío.

Tan cerca que sentía su respiración golpearme la mejilla.

—¿Qué m****a haces? —escupí entre dientes, intentando moverme.

No se apartó.

Su mirada era fuego. No lujuria. No ternura. Fuego.

La última vez que un macho me había sujetado así…

No.

El recuerdo me golpeó como una piedra.

Mi cuerpo se tensó sin control, un escalofrío me recorrió entera.

No iba a dejar que lo notara.

—¿Algún problema, macho? —dije con una mueca feroz que me dolió mantener.

Su respiración se volvió más pesada, su voz baja, casi un gruñido.

—Trato de salvar tu jodido pellejo, ¿acaso no lo has notado?

Su tono era tan cargado de furia que por un segundo olvidé tener miedo.

El calor subió por mi pecho, no sé si de rabia o de pura adrenalina.

—¿Salvarme? —le escupí la palabra en la cara—. ¿Eso le dices a todas las que sometes? ¿A todas a las que envias a la arena? ¿A todas las que utilizas para enseñar a esos monstruos idiotas a matar?

Su mandíbula se tensó.

—Eres una maldita osa buscando su propia autodestrucción.

Eso me hizo reír.

Una risa seca, sin alegría.

—¿Autodestrucción? ¿Estás diciendo que yo "busco" esto? ¿Que quiero estar aquí, encerrada, esperando a que me maten cuando no siga el guión de su circo?

Él gruñó.

Un sonido bajo, profundo, animal.

Y yo… yo se lo devolví.

No fue consciente, solo salió.

Un gruñido gutural que vibró en mi garganta y me recordó quién era, quién había sido antes de todo esto.

Por un instante, el aire entre nosotros cambió.

Él seguía encima, pero ya no era solo fuerza.

Era un duelo.

Dos bestias midiendo el límite entre la furia y el deseo de sobrevivir.

Y algo más. Algo que cambió con nuestros cuerpos al rozarse.

Se quedó mortalmente quieto.

—Bájate —le dije, esta vez más despacio.

Tardó en hacerlo. Su respiración seguía rozándome la piel, el calor de su cuerpo se sentía como una amenaza y una advertencia.

Finalmente, se apartó y se quedó de pie al lado de la cama.

—No todos aquí te quieren muerta —dijo, con la voz más grave, más cansada—. Algunos solo quieren ver cuánto aguantas antes de romperte.

Me senté despacio, sin apartarle la mirada.

—Y tú, ¿qué quieres ver?

Él no respondió.

Solo se giró hacia la puerta.

—Duerme, osa. Mañana será largo.

Y salió.

La puerta se cerró con un clic seco, y yo me quedé mirando el techo, tratando de calmar el temblor de mis manos.

No sabía si lo odiaba… o si lo temía más por haberme recordado que todavía podía sentir algo caliente... Que no era precisamente miedo.

Cerré los ojos mientras una palabra venía a mi mente: Estocolmo.

Después de unas horas, ni siquiera esperaron a que saliera el sol antes de sacarme de la cama.

—Arriba, osa. Ven con nosotros.

Salí de la habitación de Markos. No lo vi por ninguna parte.

Tal vez era lo mejor. No quería verlo, podrían salir mis garras sin querer y terminar en su cara.

Tres lobos me guiaron hasta los baños en donde cuatro lobas restregaron mi cuerpo al punto de que mis heridas no del todo cicatrizadas comenzaron a sangrar.

Finalmente me dejaron entrar al agua caliente y cerré los ojos ante el escozor de mi piel.

—Si ha terminado, señorita, me gustaría que mastique esto.

Abrí un ojo para ver ahora qué m****a querían de mí... Y tuve que recolocarme. Abrí mis ojos con sorpresa y ella articuló rápidamente un "finge que no me conoces".

Parpadeé y abrí la boca para que me diera algo que reconocí no solo por el olor sino por la forma: Una flor de durazno.

La mastiqué despacio mientras ella hacía todo un teatro sobre hablar de cuidado de la piel y las mil maneras en las que me iba a dejar "súper bonita".

Terminé de masticar y la miré.

Ella me dió una sonrisa suave.

—Hola, soy la experta en belleza.

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