Capítulo 32.

El silencio era pesado.

Uno de esos que se quedan pegados en la piel, que no se rompen ni con el sonido del viento afuera.

Yo ya estaba medio dormida, acurrucada de lado, cuando escuché su voz.

—Mañana te mandarán a llamar.

Abrí los ojos sin moverme.

Markos seguía de pie junto a la ventana, igual que antes. Solo su silueta recortada por la luz de la luna.

—¿Qué? —murmuré, apenas audible.

—Los líderes. Quieren verte —su tono era plano, casi aburrido—. Te harán bañar, luego la experta en belleza
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