Mundo de ficçãoIniciar sessãoComenzó a llover.
El silencio se alargó después de que Selene terminó de hablar.
Por un momento, solo se oía el rumor tenue de la lluvia afuera, y el crujido suave del catre bajo el peso de su cuerpo. Pensé que nadie diría nada más, que todas preferiríamos escondernos en nuestros pensamientos. Pero entonces, una voz baja, casi un murmullo que me hizo saber que las otras hembras no estaban dormidas, rompió el aire.
—¿Cómo era tu hogar? —preguntó la más joven de las lobas.
Su tono fue tan suave que me costó distinguir el por qué querría saber. Las demás se movieron apenas expectantes.
Tragué saliva.
—He tenido dos hogares —respondí despacio, más para ordenar mis recuerdos que para explicarlos—. El primero estaba rodeado de montañas. Era un pueblo pequeño, casi oculto entre los pinos. Todo era silencioso allá… demasiado, tal vez. Pero la gente era pacífica. Nos conocíamos todos, y los días pasaban lentos.
Mientras hablaba, recordé el olor del humo en invierno, la madera húmeda, los pasos de mi hermano mayor y su pareja —aunque sus rostros se borraban cada vez más— seguía recordando su andar por la cueva principal y las risas de mis sobrinos al correr.
—Y el segundo —continué con voz más baja— se encontraba un poco más al sur. No era nuestro territorio propiamente, sino el de un Alfa llamado Alan.
El nombre aún me pesaba en la lengua, lleno de respeto y de algo parecido a gratitud.
—Nos permitió quedarnos. A mí y a lo que quedaba de mi familia después de una masacre ocurrida a manos de mi propio tío. No teníamos nada… ni techo, ni comida, ni fe. Pero él nos ofreció las tres cosas —sonreí apenas—. Dijo que podíamos quedarnos en su territorio, cazar y, prácticamente hacer lo que quisiéramos siempre y cuando no lastimáramos a ninguno de los cachorros que estaban a su cargo. A cambio de que usáramos nuestros sentidos superiores para ellos, teníamos un lugar seguro. Y así lo hicimos.
Por un instante, el cuarto se llenó de ese recuerdo.
Pude sentirlo otra vez: el olor de la tierra húmeda, las hogueras encendidas, las risas que parecían tan imposibles ahora.
—Fue el único lugar donde me sentí… libre. Aunque esa libertad duró poco.
No supe si lo último lo dije en voz alta o si solo lo pensé, pero ella bajó la mirada, y Selene, desde la cama, estiró la mano hasta rozarme los dedos con los suyos. No dijo nada. No hacía falta.
—Suena como un buen Alfa —dijo Elena al cabo de un momento.
—Lo es. El mejor lobo que he conocido —respondí con suavidad.
Elena me sostuvo la mirada por unos segundos antes de apartarla. Había algo en sus ojos… no tristeza exactamente, sino una especie de vacío que solo reconoces cuando lo has sentido también.
—Yo nunca conocí un buen Alfa —dijo al fin, con un hilo de voz.
—¿Nunca? —pregunté.
—No —negó, apoyando los codos en las rodillas—. La única referencia reciente que tengo de uno es Markos… y no tengo una buena opinión sobre él.
—¿No vienes de una manada? —quise saber.
Elena soltó una risa seca, sin humor.
—No. Nací entre jaulas, muros y Berserkers. No hay manadas en un sitio así, solo sobrevivientes.
La otra loba fue la que habló después, con un tono apenas audible:
—Yo también nací ahí. En las celdas subterráneas del... norte del coliseo, me parece. Allí no habían Alfas. Cuando Markos llegó y comenzó a usar el comando alfa cuando alguien se rebelaba en la cafetería, fue que conocí la "jerarquía".
El aire pareció helarse. Pude sentir el escalofrío recorrerme los brazos, no solo por sus palabras, sino por lo que implicaban.
Suspiré.
Ante el intercambio, sentí la necesidad de decir mi nombre en voz alta, como si hacerlo me recordara quién era antes de convertirme en solo “la osa”.
—Me llamo Reinelle —murmuré, rompiendo el silencio.
Las tres lobas me miraron junto con Selene.
—Y ella —añadí mirando a la pequeña en mis brazos— es mi hija, Edelle.
El nombre se me quedó atorado en la garganta, un nudo de ternura y miedo.
—Un nombre precioso, justo como ella —susurró Selene.
Asentí, sin poder evitar una sonrisa cansada. Aquella noche no hablamos más. Una a una, fueron cerrando los ojos, y el cuarto quedó sumido en la respiración acompasada de las que duermen con el alma herida.
Yo me quedé un rato mirando la oscuridad. El silencio no me resultó insoportable.
Al amanecer, noté el cambio.
Nora fue la primera en moverse. Se acercó sin decir nada y colocó un pequeño cuenco de agua limpia a mi lado. Luego Elena trajo vendas nuevas y, antes de que pudiera protestar, comenzó a retirar las viejas con delicadeza.
—Si las curamos bien, cicatrizarán antes —murmuró.
No supe qué contestar más allá de "gracias".
Selene sonrió apenas y tomó a mi hija para mantenerla entretenida mientras me atendían.
Por primera vez desde que me trajeron, dejé de resistirme.
Dejé de fingir que no necesitaba a nadie.
Y cuando lo hice, comprendí que en ese agujero donde nos habían encerrado también podían nacer vínculos. Tal vez no amistad… pero sí algo que se le parecía.
Esa mañana nos asignaron una nueva tarea: limpiar el cuarto donde alimentaban a los cachorros.
No sabía qué esperar, pero al entrar, me quedé inmóvil.
El lugar era… hermoso, de una manera sencilla y triste.
Las paredes estaban cubiertas con telas claras que atenuaban la luz. Había pequeños catres de madera, todos del mismo tamaño, alineados como si esperaran un orden que nunca llegaría.
El aire olía a leche, a piel tibia y a hierbas.
En un rincón, una ventana diminuta dejaba pasar un hilo de sol que caía justo sobre una hilera de muñecos hechos con trapos. Algunos tenían orejas cosidas con hilos desiguales, otros botones en lugar de ojos. No eran juguetes hermosos, pero estaban llenos de algo que me apretó el pecho: amor improvisado.
Ver a los cachorros allí, dormidos o intentando gatear torpemente, fue como respirar un poco de vida en medio del encierro.
Y entre ellos… estaba ella.
Mi pequeña.
El corazón me dio un vuelco cuando la vi.
No podía acercarme demasiado, pero verla moverse, escuchar su respiración, era suficiente.
Cada vez que alguien me daba la espalda, aprovechaba para robarle una mirada más.
Una. Y otra.
Hasta que comencé a contar las veces que sonreía sola sin darme cuenta.
Aquel día pasó rápido.
Cuando nos liberaron del trabajo, regresé al cuarto con la sensación de que el mundo, por un instante diminuto, había vuelto a ser soportable.
Acosté a mi hija, la cubrí con una manta raída y me senté a su lado.
Creí que podría dormir.
Pero no fue así.
Una hora después, el chirrido del metal rompió el silencio.
La puerta se abrió con violencia, y el olor de Markos llenó la habitación antes de que pudiera siquiera levantarme.
—Levántate —gruñó desde el umbral, su voz grave, autoritaria.
No pregunté por qué. Ni a dónde.
Solo supe que, fuera lo que fuera, la calma de ese día acababa de morir.







