Mundo ficciónIniciar sesiónSelene me llevó hasta la cama sin decir una palabra. Sentí sus manos frías en mis brazos, en mi espalda, guiándome con cuidado, como si temiera que fuera a romperme en mil pedazos. Y, honestamente, no estaba muy lejos de hacerlo.
Me acomodó sobre el colchón y luego fue hacia la cuna cuando la escuchamos llorar a mi bebé. Ese sonido era lo único que podía rescatarme del abismo, lo único que me recordaba que seguía viva. Selene la tomó con delicadeza, murmurándole algo en voz baja, y la meció unos segundos antes de traerla conmigo. Pero en lugar de dármela, se sentó al borde de mi cama y comenzó a alimentarla.
La penumbra del cuarto se llenó de los pequeños ruiditos que hacía mi hija al succionar. Yo solo podía mirarlas. El dolor de las heridas se mezclaba con una especie de ternura que me hizo doler el pecho.
—Gracias —murmuré apenas, con la voz raspada—. De verdad aprecio que alimentes a mi hija.
También apreciaba que no hiciera preguntas sobre el por qué yo no podía hacerlo.
Ella negó suavemente con la cabeza, una sombra de tristeza cruzando su rostro.
—Ojalá me permitieran estar con mi bebé —susurró—. No lo he visto… desde el día en que te trajeron.
La miré en la oscuridad. Esa frase se quedó suspendida entre nosotras, pesada, como si el aire mismo doliera. Por primera vez, me atreví a romper la distancia que había mantenido con todas ellas. Ya no tenía fuerzas para mantenerme indiferente. Estaba cansada. Cansada de no tener un hogar, de fingir que podía sobrevivir sin nadie, de pretender que no me interesaba la historia de quienes compartían mi infierno.
—¿Por qué no te dejan verlo? —pregunté, bajito.
Selene bajó la mirada. Su voz fue un hilo tembloroso cuando respondió:
—A todos los cachorros machos se los llevan. Dicen que los crían en otro lugar, lejos de nosotras. Nadie sabe realmente dónde. Solo nos dejan estar con ellos menos de un año… —suspiró—. Con las hembras son un poco más flexibles.
—Lo lamento —murmuré, y lo decía en serio.
Ella negó con la cabeza, sonriendo con tristeza.
—Todas aquí tenemos al menos un cachorro al que extrañar. Es parte del "encanto" de este lugar, supongo. Nos enseñan a sobrevivir con el vacío.
Gruñí bajito. —Jodidos mutantes enfermos.
Selene soltó una risa seca, sin alegría. Luego me miró con curiosidad.
—¿Cómo llegaste tú hasta aquí?
Desvié la mirada. No quería hablar de eso.
—Esa es una larga historia.
Ella asintió, pero en lugar de insistir, sonrió con ternura.
—Entonces escucharás la mía —Su expresión cambió, se ensombreció, como si la memoria doliera incluso más que las heridas.
Me quedé callada, y ella comenzó a hablar.
—Mi hogar estaba muy lejos de aquí… —dijo, mirando al techo, como si pudiera ver más allá de los muros—. Era un lugar frío, blanco, casi siempre cubierto por la nieve. El aire olía a hielo y a resina, y cuando el sol aparecía entre las montañas, el mundo parecía hecho de cristal.
La escuché sin interrumpirla. Había algo hipnótico en su voz, un ritmo suave, casi maternal.
—Yo... Soy un halcón.
Mis cejas se elevaron. Bueno... Eso explicaba muchas cosas.
—Vivíamos escondidos —continuó—. Los humanos no llegaban hasta allá, no podían. Pero los Bersakers… —hizo una pausa, y la vi tragar con dificultad—. Ellos sí podían.
Sus dedos jugueteaban con la manta de mi hija, como si necesitara algo que la anclara a la realidad.
—Mi pueblo estaba al borde de la extinción —explicó—. Cada año nacían menos polluelos, y las hembras… bueno, la mayoría no sobrevivían al parto. Así que los ancianos enviaron a un explorador para buscar otros Nidos. Creían que, si encontrábamos a los nuestros, podríamos salvarnos.
Hizo una pausa.
—Aquel explorador volvió un año después. Contó que había hallado un Nido al otro lado del océano. Dijo que los había visto transformarse. Que le dieron instrucciones para llegar a su Nido. —su voz se quebró un poco al pronunciar esa palabra—. Decía que allí todavía había esperanza... Al menos más que la nuestra.
Selene sonrió amargamente.
—Así que algunos, los que aún éramos jóvenes, lo seguimos. Diez de nosotros dejamos todo atrás. Volamos durante semanas, cruzamos hielo, mar, selva… —soltó una pequeña risa, casi un suspiro—. Yo estaba embarazada y no lo sabía.
Cerró los ojos, como si intentara no llorar.
—Cuando llegamos al lugar que nos dijeron, el explorador regresó con los ancianos para intentar convencerlos de que el nuevo mundo era mucho más próspero y que las nuevas generaciones necesitarían su guía. Nos recibieron algunos machos con miradas rudas pero gestos amables. Acampamos cerca de su Nido con la promesa de que nos llevarían con el resto por la mañana. Al día siguiente llegamos a un campamento. Y no eran como nosotros —Su voz tembló—. Eran Bersakers.
La habitación se volvió más fría.
—Nos rodearon antes de que pudiéramos transformarnos. Dijeron que nos estaban “esperando”, que era un honor recibirnos —Se rió, pero fue un sonido hueco—. Nos encerraron en jaulas. Separaron a los machos, y de nosotras... —hizo una pausa, mirándome por primera vez desde que empezó a hablar—. De nosotras solo dejaron vivir a las que aún podían engendrar.
Mi estómago se revolvió. No tuve que preguntar qué les hicieron a las demás.
—Después… me enteré de que el explorador nunca volvió —Selene apretó los puños—. Lo mataron poco después de partir, justo cuando el resto dormía ignorante. Todo fue una trampa. Querían sangre nueva. Hembras capaces de resistir.
Mi bebé se movió entre sus brazos, haciendo un pequeño ruidito que rompió el silencio. Selene la miró con una ternura infinita.
—Él nació aquí —dijo en voz baja, tan suave que apenas la escuché—. Mi hijo. Me miraba como si yo fuera su mundo… y lo era. Durante once meses lo tuve conmigo. Luego vinieron por él. Dijeron que sería fuerte, que lo entrenarían, que tendría un propósito. —Una lágrima rodó por su mejilla, y la dejó caer sin intentar limpiarla—. No me dejaron despedirme.
Me ardió el pecho. Había tanto dolor contenido en su voz que sentí que me partía en dos.
—Desde entonces rezo a Ra cada noche. No para que me lo devuelvan… —susurró— sino para que no olvide mi olor. Para que, si no lo vuelvo a ver, sepa que su madre lo amó.
Yo no supe qué decir. Solo la miré en silencio. Por un instante quise tomar su mano, pero no lo hice. En cambio, murmuré:
—Lo recordará.
Selene me miró con los ojos llenos de lágrimas, pero también de algo más. De fe.
—Ojalá —dijo simplemente.
Mi hija se durmió en su regazo, y nos quedamos así, las tres, bajo la oscuridad. No había ruido, ni órdenes, ni cadenas arrastrándose. Solo el sonido suave de la respiración de un bebé y dos mujeres que, por una noche, dejaron de fingir que eran fuertes.







