Capítulo 23.

El sonido de las botas resonaba en el pasillo.

Iba al frente, siguiendo a un Berseker de espalda ancha y cuello de toro, mientras dos lobos caminaban detrás de mí, tan cerca que podía sentir el calor de sus respiraciones en mi nuca. Cada paso que daba era una promesa silenciosa de mantenerme alerta. En este lugar, bajar la guardia era invitar a la muerte… o a algo peor.

El pasillo se extendía interminable, con muros húmedos y lámparas que chisporroteaban cada tanto, arrojando sombras largas que se retorcían sobre las paredes. No reconocía esa zona; no era parte de los dormitorios, ni de las áreas comunes, ni del infierno de la arena. Era otro nivel. Uno donde los olores cambiaban: menos sudor, menos sangre, más... Limpio.

Giramos por un corredor más amplio y nos detuvimos frente a una puerta doble. El Berseker golpeó una vez y la abrió sin esperar respuesta.

Dentro, el aire olía a flores marchitas y jabón. Dos hembras esperaban, con túnicas simples y el cabello recogido. No levantaron la vista cuando entramos; parecían... dóciles.

—Aquí la tienen —gruñó el Berseker, empujándome con una mano pesada en la espalda.

No respondí. Solo me quedé quieta mientras él y los otros dos lobos se retiraban. La puerta se cerró con un golpe sordo que me dejó sola con las mujeres.

Una de ellas se acercó, con los ojos bajos.

—Desnúdate.

Una orden, yo solo arqueé una ceja.

—No lo repetiré —añadió al ver que no me movía—. Debemos tenerte lista antes de que vengan y nos castiguen a todas.

Me contuve. Sabía que pelear aquí no serviría de nada. Me deshice de la ropa áspera que me habían dado, sin apartar los ojos de ellas.

Me guiaron a un pasillo contiguo y me señalaron un asiento.

Sus movimientos eran suaves, sin emoción. De un rincón tomaron un par de cubetas antes de regresar hacia mí. Me frotaron con paños calientes, raspando la piel con jabón hasta que el agua que corría en la pileta se volvió gris. Sentí cómo el olor de la arena, la sangre seca y el sudor se despegaba poco a poco de mi cuerpo, como si me arrancaran una capa entera .

No estaba orgullosa de mi falta de higiene, simplemente no siempre había agua en nuestra habitación.

Luego me guiaron hacia otra sala.

Y ahí lo vi.

Una especie de baño enorme, con columnas talladas y un estanque de piedra que parecía una pequeña laguna bajo techo. El vapor subía desde la superficie, y el agua tenía un brillo dorado bajo la luz tenue de las lámparas. Recordaba vagamente haber oído hablar de algo así por boca de mi amiga humana Lia, pero nunca imaginé que fuera real: una piscina, lo habría llamado ella.

El vapor olía a hierbas y flores secas. Una de las mujeres me indicó que entrara.

—Sumérgete.

Obedecí, con cautela. El agua me abrazó los músculos adoloridos, ardiendo al principio, hasta que el dolor cedió a un extraño alivio. Casi olvidé dónde estaba, por un momento.

Me dijeron que debía de sumergir incluso mi cabeza y yo obedecí encantada por el extraño lujo.

Cuando terminé, me sacaron del agua y me envolvieron en telas suaves. Secaron mi pelo, me untaron con aceites que olían a jazmín y almizcle. Perfume. Como si intentaran borrar el olor que realmente me pertenecía.

No dije nada.

Solo las dejé hacer.

Al terminar, me entregaron de nuevo a los lobos que esperaban afuera. El aire cambió en cuanto crucé la puerta: el perfume dulce se mezcló con el olor agrio de los cuerpos de ellos.

Me pregunté vagamente si acaso ellos no tendrían acceso a ese baño... O quizá solo les gustaba apestar.

Ninguno habló mientras me conducían por otro largo pasillo, subiendo escaleras y girando en corredores que reconocí demasiado tarde.

Los lobos abrieron la puerta y me empujaron suavemente al interior.

El corazón me dio un vuelco cuando reconocí el lugar.

La habitación de Markos.

La misma donde había sangrado, donde me había quedado a medio paso de la muerte.

El mismo piso en el que una vez había dejado mi huella carmesí.

El suelo estaba limpio ahora. Ni una mancha. Ni un rastro de lo que había ocurrido. Como si yo misma hubiera sido una ilusión.

Markos estaba sentado en la cama, sin camisa, el cuerpo lleno de cicatrices que el fuego de la lámpara hacía resaltar. No se movió, no habló. Solo me observó, largo rato, con esos ojos que parecían escudriñar hasta los huesos.

¿Qué estaría viendo para que sus ojos tuvieran ese sutil brillo de sorpresa?

El silencio se estiró tanto que casi dolía.

Finalmente, exhaló un suspiro.

—Tenía pensado llamarte dos veces a la semana —dijo, su voz ronca—. Para que duermas aquí, conmigo. Necesitamos hablar sobre cómo lo haremos.

Lo miré sin entender al principio.

Y luego capté el tono, las palabras, el lugar. Mi cuerpo se tensó.

—Si es lo que creo, no me —le espeté, alzando el mentón—. Y no pienso meterme en tu cama.

Él no se inmutó. Otro suspiro, más cansado que furioso.

—No quiero tocarte, osa —Sus ojos me buscaron con una intensidad incómoda—. Solo tienes que dormir en la misma cama. Es… necesario que mi olor te cubra. Que todos lo noten.

Mis labios se entreabrieron, pero no dije nada.

—Fui informado del “acoso” que sufriste estos días —añadió, sin apartar la vista—. Daré una advertencia. Si alguno vuelve a tocarte, le arrancaré las manos yo mismo.

Me tomó un momento procesar que hablaba en serio.

—¿Por qué te importa? —pregunté finalmente, con voz baja.

Él me miró con una media sonrisa, sin humor.

—Porque eres mía ahora, y los Bersekers entienden solo una cosa: sangre.

La palabra mía me revolvió el estómago, pero no dije nada.

Markos se incorporó y me hizo un gesto con la cabeza.

—Acércate.

Por un instante, dudé. La sombra de la puerta, el perfume en mi piel, el recuerdo de Kraiven gruñendo en mi cara... Todo se mezcló. Pero caminé hasta él.

Cuando estuve cerca, el aire se volvió pesado. 

—Duerme aquí —dijo simplemente, señalando el espacio junto a él—. No te tocaré. Lo juro.

Su tono era firme, sin rastro de lujuria.

Solo autoridad.

Me senté despacio, mirando hacia la pared. Su respiración era un rumor constante detrás de mí, y el colchón crujió apenas cuando él se acomodó.

Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no me pareció una amenaza.

Solo un respiro prestado.

Una tregua... Hasta que ya no lo fue.

—Te sugiero que mantengas nuestro acuerdo en secreto, osa. A menos de que quieras que tu cachorra se vaya lejos. Misma cosa que la vez pasada: Te vas al amanecer.

No confiaba en él. No confiaba en nadie.

Pero mientras cerraba los ojos y el aroma de jazmín y su olor se mezclaba en el aire, decidí que, por esa noche, bastaba con seguir viva.

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