Capítulo 22.

Nunca me había sentido tan observada.

Desde que amaneció, supe que algo no andaba bien. Las miradas se clavaban en mi espalda mientras barría los restos secos de sangre y arena del suelo. No era solo el cuchicheo de las lobas, sino también el de los lobos mutantes que vigilaban desde las sombras, con esa expresión entre hambre y burla que me revolvía el estómago.

Por fin nos dieron un descanso para comer y creí que todo mejoraría... Me equivoqué.

No pasó mucho antes de que los murmullos de las
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