Capítulo 22.

Nunca me había sentido tan observada.

Desde que amaneció, supe que algo no andaba bien. Las miradas se clavaban en mi espalda mientras barría los restos secos de sangre y arena del suelo. No era solo el cuchicheo de las lobas, sino también el de los lobos mutantes que vigilaban desde las sombras, con esa expresión entre hambre y burla que me revolvía el estómago.

Por fin nos dieron un descanso para comer y creí que todo mejoraría... Me equivoqué.

No pasó mucho antes de que los murmullos de las lobas se hicieran más claros.

—Dicen que el Berseker Markos tiene una osa ahora —susurró una—. Que la llevó a su cama.

—Debe ser por eso que sigue viva —dijo otra—. Ya sabes cómo son cuando “reclaman” algo.

Cada palabra se me clavaba como un alfiler bajo la piel. Estaban hablando de mí, con ese tono que mezcla morbo y miedo.

—¿Qué miran? —gruñí sin poder contenerme, levantándome y girando hacia ellas. Mis garras amenazaron con salir por puro instinto.

Pero una mano firme me sujetó el brazo. Era Selene.

—Baja la voz, osa —murmuró con urgencia—. Si armas un escándalo, no serás la única castigada.

Intenté soltarme, pero su mirada me frenó. Marla y Nara se habían acercado también, formando una especie de pequeño muro entre mí y las otras.

—Escúchame bien —dijo Marla en voz baja, mirándome directo a los ojos—. Si les das motivos para castigarte, también nos castigarán a nosotras. Y si eso pasa, se llevarán a tu cachorra.

—Por semanas —añadió Nara, casi en un susurro tembloroso—. Lo hacen para asegurarse de que “aprendas la lección”.

El aire me salió en un gruñido bajo, ahogado.

Me senté de golpe en el banco cercano, con los dientes apretados. El olor del miedo de ellas se mezcló con el mío. Quería levantarme y arrancarles los ojos a las que seguían mirándome al otro extremo del comedor, pero la sola idea de ver a mi hija lejos de mis brazos me quebró la rabia en seco.

Comí lo que pude. El estómago me ardía, y la sopa se me hizo ceniza.

Esa noche, Markos no me mandó llamar, y dormí mejor de lo esperado, acunando a mi cachorra hasta que el cansancio me venció por completo.

A la mañana siguiente, el frío del pasillo me terminó de despertar. Caminábamos en fila hacia las asignaciones del día. Las losas bajo mis pies estaban húmedas, y el aire cargado con ese olor agrio que ya se había vuelto parte del lugar.

Iba distraída, intentando conservar fuerzas, cuando sentí una mano.

Una palma pesada que se posó sobre mi trasero y lo apretó con descaro.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza: los músculos tensos, el gruñido ahogado subiendo por mi garganta, las garras queriendo salir.

Pero la advertencia de las chicas retumbó en mi mente: “si haces algo, se la llevan”.

Giré apenas el cuello. Detrás de mí, un Berseker enorme me miraba con una sonrisa torcida, mostrando colmillos.

—Bonita hembra —ronroneó, moviendo los dedos con lentitud, como si quisiera dejar su olor marcado en mí—. Yo seré el primero cuando Markos se canse.

No le contesté. No confiaba en mi voz.

Solo le sostuve la mirada, hasta que otro guardia pasó y él apartó la mano con un gruñido divertido.

Seguí caminando. Sentía su mirada recorriéndome mientras se reía bajo.

El resto del día fue una tortura lenta. Me habían asignado la limpieza de las mazmorras: pasillos oscuros, húmedos y llenos de hedor. Cada tanto uno de esos monstruos pasaba cerca y soltaba un comentario asqueroso.

“Yo te rompería tan fácil, osa.”

“Markos no sabrá lo que tuvo hasta que te vea conmigo.”

Tuve que detenerme varias veces, apoyando la frente en la pared fría. El cansancio y el asco me hacían temblar.

Cuando por fin terminaron las horas interminables, volví al dormitorio. El sonido de la puerta al cerrarse fue el único alivio real del día. Me dejé caer en la cama, apenas pudiendo respirar.

Selene me miró desde su rincón.

—¿Pasó algo? —preguntó, aunque por su tono ya sabía la respuesta.

—Nada que no haya pasado antes —dije. Mi voz sonó más ronca de lo que esperaba. —Simplemente multiplicado por mil.

Marla suspiró.

—Estás atrayendo demasiada atención, osa.

Selene negó con la cabeza.

—Desde lo de Markos, todos creen que pueden probarte.

—Que lo intenten —murmuré, pero sin la fuerza que solía tener.

Selene me lanzó una mirada cansada, la clase de mirada que solo tienen las que ya aprendieron a sobrevivir a base de callarse.

—Si Markos te manda llamar, irás. Es la única forma de seguir respirando.

Asentí.

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Esa noche, cuando las luces se apagaron y los pasos en el pasillo se fueron alejando, recé —sin saber a quién— para que Markos no me mandara buscar.

El silencio duró lo suficiente para que me engañara a mí misma creyendo que así sería.

Pero entonces, tres golpes secos sonaron en la puerta.

El corazón me dio un salto. Selene se movió, Marla tensó los hombros, y Nara bajó la cabeza sin decir palabra.

Un gruñido ronco vino del otro lado:

—Osa. El Alfa Markos te requiere.

Y supe que el breve respiro había terminado.

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