LÍA
Tenía el corazón hecho un caos. Salí de la oficina de Dalton Keeland con las piernas temblorosas y el alma hecha pedazos. Su voz, su cercanía, ese roce que casi fue un beso, y luego la maldita frase escrita en mi cuaderno como si fuera una invitación al pecado.
“Si no lo recuerdas… podríamos repetirlo. Solo por claridad profesional.”
¡Claridad profesional, mis ovarios! ¡Madre mía! Lo que Dalton quería no era claridad. Era incendiarme. Consumirme. Y por algún motivo retorcido y estúpido. . .