DALTON
El plan era sencillo en mi cabeza: entrar al hotel, pedir el número de habitación con un par de palabras dulces y, en menos de cinco minutos, estar abrazando a mi chica. Pero claro, eso solo ocurre en películas de bajo presupuesto y novelas románticas. No en la vida de los Keeland.
Lo mío al parecer era el drama de la vida, los obstáculos, el suegro malvado que se quiere llevar a mi chica a otro lugar lejos de mí. Porque ahora resultaba que tenía un tío malvado, el cual estaba obsesionad