LÍA
No tengo idea de cuánto tiempo estuve ahí, hecha un ovillo sobre la banquita, con las medias rotas, el maquillaje corriéndose por mis mejillas, el pecho dolorido, y el dolor de sentirme traicionada por algo que sabía desde un principio que era falso.
El camerino se sentía pequeño, claustrofóbico, como una celda perfumada de nostalgia y derrota. El aire olía a spray de cabello, al perfume de mis compañeras, a mis lágrimas y de pronto a Dalton. A Dalton y a su colonia inconfundible, a esa me