DALTON
No recuerdo haberme sentido tan jodidamente vacío como en ese momento en mi oficina viendo que Lía había renunciado lo nuestro.
La carta de renuncia seguía temblando en mis manos, el anillo de compromiso pesando como una pvta construcción de cien pisos estaba sobre la mesa, y la ausencia de Lía apretándome el pecho hasta dejarme sin aire. El silencio de la oficina era insoportable. Todo lo que alguna vez fue ruido, rutina, hasta sus regaños, de pronto se sentía como el único sentido real