DALTON
El despertador sonó y, por una vez, ni siquiera lo odié. Me había pasado la noche dándole vueltas al asunto del búho dorado; al teatro mafioso, en el caso de que sean mafiosos; a la risa de Lía; y a la persecución ridícula por el parque. Tenía la cabeza hecha un nudo, pero en el fondo, sentía ese cosquilleo de que esa mujer me estaba importando más de lo que alguna vez sentí con otra mujer y estaba jodid**amente en problemas al mismo tiempo.
Tomé el teléfono, ya listo para checar correos,