DALTON
Seguí mirando el búho como si fuera a saltar y morderme con rabia, me veía con odio el muy maldito, pero el verdadero espectáculo empezó cuando mi mamá, aún con la mascarilla ya cuarteada y dos mechones de pelo asomando por la diadema de toalla, se acercó y soltó el grito del siglo.
— ¡Esto es una maldición, Dalton! —Gritó abanicándose la cara con la caja vacía— ¡Te lo juro por la Virgen, por San Judas y por todos los santos! ¿Quién manda búhos de oro a medianoche? ¡Esto es brujería, mafi