DALTON
Había estado de mal humor todo el maldito día, como para haber salido de la oficina. La visita de mi mamá, con su insistencia por aceptar el estúpido compromiso, la llamada de Elías, y el que no sabía qué problemas tenía Lía, me traían echando madres por todos lados.
Sí, ese día me había convertido en aquel jefe ca**pullo que no hacía otra cosa que dar órdenes a diestra y siniestra. Aquel que no se tentó el corazón para reducir los descansos a la mitad y triplicar el trabajo. Sin embargo,