LÍA
Casada.
Era la palabra que más se repetía en mi cabeza. Iba a ser la esposa de Dalton Keeland esa semana. El hombre del que había perdido la cabeza poco a poco. Di vueltas en mi silla reprimiendo una risita y viendo el anillo de compromiso, con la mano extendida hacia el techo.
Sería la esposa del hombre más maravilloso del mundo, atento, amable, paciente con su mamá, caballero en toda la extensión de la palabra, y una bestia en la cama. Sí, debía reconocer que estaba loquita, muy loquita,