DALTON
La mañana amaneció con un cielo demasiado claro para la tormenta que yo sabía se acercaba. El sol entraba por las ventanas del penthouse como si quisiera burlarse de nosotros, como si la ciudad entera no supiera que la amenaza respiraba tan cerca que casi podía palparla.
Lía dormía todavía, envuelta en las sábanas como un espejismo de paz que yo no podía darme el lujo de perder. Me quedé mirándola unos segundos, grabando cada rasgo, cada curva de su rostro relajado. Y por primera vez en