DALTON
Había un placer casi perverso en observarla desde mi oficina, detrás de las persianas medio cerradas, con una taza de café en la mano que ya ni sentía entre los dedos.
Lía Monclova. Mi asistente. Mi tortura.
La mujer que, tal vez, solo tal vez, se había montado sobre mí en una noche de whisky, pecado y luces bajas. La que tenía una voz brutal, una destreza exquisita para bailar, un cuerpo de pecado, una belleza incomparable, y una inteligencia que te ca**gas.
Era ella. Lía y la bailarina