DALTON
Salimos de la empresa bajo un cielo anaranjado, todavía cargado de la electricidad que había dejado la tormenta en la oficina. No solté la mano de Lía ni un solo segundo, y cuando salimos del estacionamiento de mi empresa, sentí que podía respirar por primera vez en el día.
No necesitaba que ella dijera nada. Sabía que cada paso que daba, cada mirada al suelo, cada respiración contenida, era el resultado de todo el veneno que había absorbido por mi culpa, solo por amarme. Y lo único que q