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Se acarició el paladar con la punta de la lengua, de forma distraída una y otra vez, refregándosela contra los dientes, en un instinto de raspar aquel gusto. Encontró absurdo que, hasta ese sabor metálico, le resultase exquisito si provenía de él.

Se preguntó por qué la vida era tan macabra como para hacerla sentir tanto, justo con el

hombre por el que no debía sentir nada. Había una tónica de culpa, de sentirse mal por no poder resistir la... ¿tentación? Ni siquiera sabía cómo llamarlo. La rea
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