La oscuridad en las profundidades de Argentia no era absoluta; era una penumbra viviente, pulsando con un tono índigo que parecía emanar de las mismas rocas. Julian encabezaba la expedición, con su espada de obsidiana envuelta en una llama de sombras que servía como la única linterna fiable. A su lado, Amelia sostenía la mano de un Alistair semiinconsciente, cuya respiración era un eco débil en el aire denso y cargado de ozono de las cavernas.
—Los sensores indican que estamos a tres kilómetros