Julian revisó el cierre de su armadura. Sus dedos enguantados en cuero y obsidiana acariciaron el pomo de su espada. A su lado, Amelia respiraba con calma, pero su luz Primigenia estaba tan comprimida que su piel parecía emitir un resplandor de mercurio frío. Caleb, en el rincón opuesto, mantenía los ojos cerrados, canalizando la antimateria para envolver la cápsula en un velo de inexistencia.
—Recuerden —susurró Julian, su voz resonando en el reducido espacio—. No estamos aquí para una guerra