Malakai, el Primarca del Cónclave de los Siete Círculos, no sentía el frío de la montaña, aunque la nieve le llegaba a las rodillas. Sus ojos, inyectados en una sustancia que brillaba con el verde ponzoñoso de la magia prohibida, estaban fijos en el vacío del cielo donde, hacía apenas unas horas, la realidad se había rasgado para dejar pasar a los fugitivos.
Se encontraba en el centro de un círculo de ceniza, rodeado por los cadáveres calcinados de sus propios acólitos. Eran el precio que había