El centro de la tormenta era un lugar donde las leyes de la física habían decidido renunciar. A medida que Amelia ascendía por las escaleras de emergencia del hospital abandonado, sentía que su cuerpo pesaba cada vez menos. El aire sabía a ozono y a hierro, y el silencio no era una ausencia de ruido, sino una presión física que intentaba aplastar sus tímpanos.
Cuando llegó a la azotea, el espectáculo la dejó paralizada. El cielo se había convertido en un vórtice de antimateria gris que succiona