Nathalia creía que podía intimidarme. Estaba muy equivocada.
Salí de la habitación y fui directo a la de Alexander. Mika estaba allí, sentado en la cama, esperándome.
—Todo bien —le dije con una sonrisa—. ¿Quieres que esperemos juntos a tu papá?
Asintió.
Nos sentamos los dos en la cama. Mika me habló de los dibujos que había hecho ese día y de las nuevas palabras que había aprendido a escribir, orgulloso como si hubiera descubierto un secreto.
Pasó un rato.
Cuando finalmente la puerta se abrió,