Me dieron el alta al fin.
Después de días oliendo a hospital, escuchando pitidos y viendo techos blancos, salir por esas puertas se sintió como volver a respirar. Alexander llegó a buscarme. Me ayudó a subir al auto con un cuidado que no sabía que poseía. Durante el trayecto, no soltó mi mano.
Cuando el auto se detuvo frente a la mansión, pensé que por fin podría encerrarme en mi habitación y dormir una semana entera.
Pero no.
Alexander no giró hacia mi ala. Me llevó directo a la suya.
—¿Y esto