Alexander estaba furioso.
No levantaba la voz. No hacía falta. La tensión en su mandíbula, la forma en que caminaba de un lado a otro en su despacho, era la confirmación de ese hecho. Se sentía desafiado en su propio territorio.
En su mundo, el poder lo era todo. Y alguien acababa de recordarle que incluso su casa podía ser vulnerada.
—¿Cómo demonios desaparece un cadáver de mi mansión? —escupió, clavando la mirada en Iván—. ¿Cómo?
Los guardias callaban. Iván tenía la mandíbula apretada.
Yo sí