Salí de la casa con el corazón en la garganta.
La noche seguía oscura. El silencio era absoluto después del disparo, y eso era lo que más me aterraba.
Finalmente encontré a Ezra detrás de la casa. Arrodillado junto a un árbol. El arma aún en la mano. La mirada perdida en el horizonte, como si buscara algo que ya no estaba.
—¿Viste quién era? —pregunté, acercándome.
—No —respondió, sin mirarme—. Escuché las ramas. Corrí. Alguien huyó entre los árboles. Fue demasiado rápido como para ver nada.