El día llegó como un puñetazo en el estómago.
No había dormido. No había podido. La noche entera di vueltas en la cama, mirando el techo, repasando el plan una y otra vez. Cada detalle. Cada movimiento. Cada posible error.
Las sábanas olían a él. Su almohada aún guardaba la forma de su cabeza. Cerré los ojos y respiré hondo, como si pudiera sentirlo cerca.
Pero no estaba.
Estaba en una celda. Esperando. Como yo.
Me levanté antes de que el sol asomara. El reloj marcaba las cinco de la mañana. Me