56: Manos a la Obra

No tenía tiempo para llorar.

Ezra estaba preso. Y yo no iba a quedarme de brazos cruzados.

Reuní a sus hombres en la mansión. Los leales. Los que no huyeron cuando vieron que su jefe estaba tras las rejas. Los que estaban dispuestos a arriesgarlo todo.

Eran pocos. Pero eran buenos.

—Vamos a sacarlo —dije, mirándolos a todos.

El silencio se volvió denso.

—¿Cómo? —preguntó uno—. Está en una prisión de máxima seguridad. La DEA lo tiene vigilado día y noche.

—No tienen que preocuparse por eso, ya t
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