No tenía tiempo para llorar.
Ezra estaba preso. Y yo no iba a quedarme de brazos cruzados.
Reuní a sus hombres en la mansión. Los leales. Los que no huyeron cuando vieron que su jefe estaba tras las rejas. Los que estaban dispuestos a arriesgarlo todo.
Eran pocos. Pero eran buenos.
—Vamos a sacarlo —dije, mirándolos a todos.
El silencio se volvió denso.
—¿Cómo? —preguntó uno—. Está en una prisión de máxima seguridad. La DEA lo tiene vigilado día y noche.
—No tienen que preocuparse por eso, ya t