La sangre de Fabián seguía en mi cara.
No importa cuánto tratara de limpiarla. Sentía su calor. Su olor. Y eso era desagradable, me revolvía el estómago.
Ezra se acercó y sacó un pañuelo blanco de su chaqueta. Me limpió la sangre con cuidado. Yo no me moví, no tenía fuerzas.
Los guardias de la mansión se llevaron el cuerpo. Como si nada. Como si fuera un mueble roto. Envuelto en una lona negra. Desapareció en la oscuridad.
Otros limpiaron el suelo. El agua arrastró la sangre. El asfalto quedó