No dormí.
No de verdad.
Cada crujido del viejo hotel, cada nuevo estallido de la tormenta afuera, me hacía saltar. ¿Eran pasos en el pasillo? ¿Alexander dando vueltas? ¿Iván haciendo guardia? ¿O era solo mi cabeza, jugándome una mala pasada?
Me quedé mirando el techo durante horas, con el corazón acelerándose por nada y por todo. La tormenta rugió toda la noche, como si el cielo también se negara a descansar.
Cuando por fin amaneció, el silencio fue casi violento.
El cielo estaba limpio. Demasi