No le dije nada a Alexander al principio.
Guardé la dirección como un secreto demasiado frágil para ponerlo en sus manos. Sabía exactamente qué haría: reunir hombres, armas, blindaje… e ir sin mí. Y no. Yo necesitaba pisar esa tierra, respirar ese aire envenenado de recuerdos. Necesitaba verlo con mis propios ojos.
La semana de reposo fue una tortura lenta. Tomé los antibióticos, obedecí al médico, me cuidé. La herida dejó de doler tanto y pasó a ser una presencia constante, molesta, pero sopor